lunes, 22 de junio de 2015

Sandra Rivero

PROCESO DE ESCRITURA DEL TRABAJO FINAL DEL TALLER DE NARRATIVA Y COGNICION

Autora: RIVERO, Sandra
Profesora: Angelina Baldengo
                   Viviana Edsberg
Fecha: 13 de junio de 2015
DESARROLLO:

Durante este proceso de escritura he encontrado varios factores que influyeron a la hora de sentarme a leer y escribir, por diversas cuestiones como el trabajo, una beba muy pequeña, las obligaciones cotidianas de la casa, cuestiones personales (separación), que en definitiva varias veces atentaron con la elaboración de esta escritura. Y hasta me han puesto en dudas si seguir o abandonar todo, dejar el trabajo para el año siguiente, dejar mi tesina y me han llevado a caer en desesperación y angustia, fueron momentos difíciles en lo personal que atentaron sobre mi continuidad académica y sobre mi escritura que quizás no permitieron sacar lo mejor de mí.
Pero a pesar de estos obstáculos trate de escribir cada vez que surgía algo en mi mente, en borradores, boletos de colectivos, tapa de cuadernillo, celular, soporte que se me cruzaba era utilizado para escribir lo que deseaba poner en la elaboración de este escrito, por supuesto que a veces sucedía que solo escribía frases que luego me preguntaba ¿ que quise poner acá o para que lo escribí? porque más de una vez se me venían frases en la mente para tratar de desarrollarlo más adelante, pero llegado el momento de desarrollarlo no sabía para que lo hice. También escribí sobre otras cosas y lo eliminaba porque no me convencía, ni hablar de las veces que abolle o tire hojas borrador porque todo mi proceso de escritura lo hice a mano alzada, solo al momento de pasar el trabajo me senté frente a la computadora y lo pase. Generalmente todas mis producciones son así prefiero escribir a mano alzada todos los trabajos que realizo, al igual que tener los textos impresos, pero bueno volviendo al proceso de escritura, no me resulto tan complicado pero quizás si esta escritura no pasaba por algunos de los obstáculos, yo creo que en particular podría haber dado mucho más y ser algo más atractivo e interesante de leer, pero mi estado anímico influyo mucho para que esto no suceda y quizás queden cosas en el tintero por escribir, sin dudas que este estado de ánimo está lleno de emociones para plasmar en un papel y como un cofre de tesoros ser descubierto por alguien más para compartir esos pensamientos que aunque muchas veces pueden ser de dolor o angustias no dejan de ser atrapantes y emotivos y de gran placer al terminarlos de leer.
Este momento de escritura y esto que pase al realizar mi trabajo me hizo encontrar este maravilloso texto que me encantaría compartir parte de el a continuación:


“La soledad de la escritura es una soledad sin la cual el escribir no se produce, o se fragmenta exangüe de buscar qué seguir escribiendo. Se desangra, el autor deja de reconocerlo. Y ante todo, nunca debe dictarse a secretaria alguna, por hábil que sea, y, en esta fase, nunca hay que dar a leer lo escrito a un editor.

Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir. Para empezar, uno se pregunta qué es ese silencio que lo rodea. Y prácticamente a cada paso que se da en una casa y a todas horas del día, bajo todas las luces, ya sean del exterior o de las lámparas encendidas durante el día. Esta soledad real del cuerpo se convierte en la, inviolable, del escribir. Nunca hablaba de eso a nadie. En aquel período de mi primera soledad ya había descubierto que lo que tenía que hacer era escribir. Raymond Queneau me lo había confirmado. El único principio de Raymond Queneau era éste: “Escribe, no hagas nada más”. Escribir: era lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. La escritura nunca me ha abandonado.

Mi habitación no es una cama, ni aquí, ni en París, ni en Trouville. Es una ventana determinada, una mesa determinada, ritos de tinta negra, huellas de tinta negra inencontrables, es una silla determinada. Y determinados ritos a los que siempre vuelvo, a dondequiera que esté, incluso en los lugares donde no escribo, como por ejemplo las habitaciones del hotel, el rito de tener siempre whisky en mi maleta en caso de insomnios o de súbitas desesperaciones. Durante aquel período tuve amantes. Se acostumbraban a la soledad de Neauphle. Y según su encanto a veces esta soledad les permitía que, a su vez, escribieran libros. Raramente daba a leer mis libros a esos amantes. Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben. Cuando terminaba un capítulo, lo escondía. En lo que a mí respecta, es tan verdad que me pregunto qué pasa en otras partes y también cuando se es una mujer y se tiene un marido o un amante. En tal caso, también hay que esconder a los amantes el amor del marido. El mío nunca ha sido sustituido. Lo sé, todos los días de mi vida.

Esta casa, esta casa es el lugar de la soledad, sin embargo da a la calle, a una plaza, a un estanque muy antiguo, al grupo escolar del pueblo. Cuando el estanque está helado, hay niños que vienen a patinar y me impiden trabajar. Les dejo hacer. Los vigilo. Todas las mujeres que han tenido hijos vigilan a esos niños, desobedientes, locos, como todos los niños. Pero, qué miedo, cada vez, el peor de los miedos. Y qué amor.

La soledad no se encuentra, se hace. La soledad se hace sola. Porque decidí que era allí donde debía estar sola, donde estaría sola para escribir libros. Sucedió así. Estaba sola en casa. Me encerré en ella, también tenía miedo, claro. Y luego la amé. La casa, esta casa, se convirtió en la casa de la escritura. Mis libros salen de esta casa. También de esta luz, del jardín. De esta luz reflejada del estanque. He necesitado veinte años para escribir lo que acabo de decir. [...]

[...] Un escritor es algo extraño. Es una contradicción y también un sinsentido. Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido. Un escritor es algo que descansa, con frecuencia, escucha mucho. No habla mucho porque es imposible hablar a alguien de un libro que se ha escrito y sobre todo de un libro que se está escribiendo. Es imposible. Es lo contrario del cine, lo contrario del teatro y otros espectáculos. Es lo contrario de todas las lecturas. Es lo más difícil. Es lo peor. Porque un libro es lo desconocido, es la noche, es cerrado, eso es. El libro avanza, crece, avanza hacia su propio destino y el de su autor, anonadado por su publicación: su separación, la separación del libro, como el último hijo, siempre al más amado. Un libro abierto también es la noche.

Estas palabras que acabo de pronunciar me hacen llorar, no sé por qué.

Escribir a pesar de todo pese a la desesperación. No: con la desesperación. Qué desesperación, no sé su nombre. Escribir junto a lo que precede al escrito es siempre estropearlo. Y sin embargo hay que aceptarlo: estropear el fallo es volver sobre otro libro, un posible otro de ese mismo libro.

Ese extravío de uno mismo por la casa no es nada voluntario. No decía: “Estoy encerrada aquí todos los días de año”. No lo estaba, decirlo hubiera sido falso. Iba a hacer compras, iba al café. Pero, al mismo tiempo, estaba aquí. El pueblo y la casa es lo mismo. Y la mesa frente al estanque. Y la tinta negra. Y el papel blanco es lo mismo. Y en lo que a los libros refiere, no, de pronto, nunca es lo mismo. [Texto extraído del libro “Escribir” de Marguerite Duras, escrito en 1993]


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